HISTORIA DE SAN BASILIO EL GRANDE

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Himno de la "Liturgia de San Basilio el Grande"

Este pequeño himno data sin duda del siglo VI. La idea repetida de alegría que se encuentra en él tiene su origen en el saludo de Gabriel, que es explícitamente, en griego, un deseo de alegría. Mientras que en la liturgia y la piedad latinas el Ave es sólo un saludo, los orientales perciben en la palabra del ángel nuestro Gaude. 

Tú eres un motivo de alegría para toda criatura, 
coro de los ángeles y del género humano, 
¡oh llena de alegría! 

Templo santo. Paraíso espiritual. Gloria virginal. 
Pues de Ti es de quien Dios ha tomado carne, 
y de quien se hizo pequeño niño Aquel 
que, desde antes de los siglos, es nuestro Dios 

Así, pues, de tus entrañas El ha hecho un trono, 
y ha vuelto tu seno más amplio que los cielos. 

En eslavo, donde este himno se utiliza en la liturgia, la palabra traducida por trono significa igualmente altar.

San Basilio (I). Audiencia del miércoles 4 de junio 2007.

San Basilio (II). Audiencia del miércoles 1 de agosto 2007.

Nacido en torno al 329 en Cesarea, capital de Capadocia (la actual Kayseri, en Turquía). Su infancia transcurrió en una familia muy cristiana. Él mismo en la Carta 204, 6, dirigida a los ciudadanos de Neocesarea en el año 375 dice: " Hemos sido criados por una abuela que era una santa mujer, nacida de entre vosotros. Quiero hablar de la famosísima Macrina, que nos enseñó las palabras del Santo Gregorio, todas las que le había conservado la tradición oral, las que ella misma guardaba y de las que se servía para educar y formar en las doctrinas de la piedad al niñito que yo era entonces".
La mencionada abuela Macrina solía, según se deduce, repetir a sus nietos las enseñanzas de San Gregorio Taumaturgo, discípulo de Orígenes y obispo de Neocesarea. El padre quiso que el hijo adolescente perfeccionara sus estudios en las escuelas más importantes de las capitales: Cesarea, Bizancio y finalmente Atenas, considerada todavía como la patria de la elocuencia, donde encontró a su mejor amigo, Gregorio de Nacianzo, hijo del obispo de la misma ciudad. Allí compartieron sus ilusiones, su amistad y sobre todo su gran interés por el estudio. Este amigo, Gregorio, en un escrito titulado "In laudem Basilii" (36 515C-528), recuerda que Basilio sobresalía por su capacidad de aprender y por la amplitud de su interés, y que así llegó a la cúspide del saber de su tiempo.
Y precisamente en Atenas, apenas cumplidos los veinte años y al término de sus brillantes estudios, comenzó a sentir gran insatisfacción y a la vez una fuerte atracción por una vida entregada al evangelio. Así lo expresa en  su Carta 223, 2-3:
 
 
"He perdido casi toda mi juventud en el vano trabajo al que yo me aplicaba para adquirir las enseñanzas de la sabiduría que Dios proclamaba loca. Un día, me desperté como de un profundo sueño, volví los ojos hacia la admirable luz de la verdad evangélica, y vi la inutilidad de la sabiduría de los príncipes de este mundo, abocados a la destrucción. Entonces lloré mucho por mi vida miserable, y pedía que alguien me diese la mano para introducirme en las doctrinas de la piedad. Ante todo me preocupaba de enmendar mis costumbres largo tiempo pervertidas por frecuenta a gente de mala vida. Así pues, habiendo leído el evangelio y habiendo observado que un modo eficacísimo de alcanzar la perfección consistía en vender las posesiones, en compartir su producto con mis hermanos los pobres, en quedar completamente libre de los cuidados de esta vida y en permitir a complacencia alguna el hacer a mi alma volverse hacia las cosas de aquí abajo, yo ardía en deseos de hallar entre los hermanos a alguien que hubiera escogido este mismo camino de la vida, con el fin de franquear juntos el oleaje de esta vida. Descubrí muchos hombres de esta clase en Alejandría, en Egipto... Por eso, cuando vi que algunos en mi patria se esforzaban por imitar sus virtudes, creí haber hallado una ayuda para mi salvación".
 
 
En el año 355 dejó Atenas y volvió a Cesarea. Aquí, muy probablemente ejerció la retórica por algún tiempo. Pero ya el año siguiente volvía a ausentarse, para realizar viajes que le permitieran conocer más de cerca de los hombres que en las diversas regiones orientales se habían entregado a la vida ascética. Con viva admiración, visitó a muchos ascetas en Alejandría y en el resto de Egipto, en Palestina, en Siria, en Celesiaria y en Mesopotamia. Esta experiencia le atrajo de tal manera que decidió entregarse a la vida de anacoreta y poco más tarde fundó comunidades monásticas.
En el año 358 recibió el Bautismo y se retiró a Anesis, en el Ponto, sobre el río Iris y no lejos de los suyos. Así le describe este lugar a su amigo Gregorio en una de sus cartas:
 
 
"Allí es donde Dios me ha mostrado un paraje tan conforme a mi carácter. Es una montaña alta, cubierta de espeso bosque y regada al norte por límpidas y frescas aguas. A sus pies se extiende una llanura en suave pendiente, continuamente empapada por las aguas que rezuman de la montaña. Un bosque crecido espontáneamente a su alrededor, con una gran variedad de especies de árboles, le sirve de cerca... Pero el mejor elogio que podríamos hacer de este paraje es que, por su capacidad natural de producir toda clase de frutos, gracias a su favorable situación, produce lo que para mí es el mejor de los frutos: la tranquilidad" (Carta 14,1-2).
 
 
La actividad de Basilio es siempre intensa. Recibe abundantes visitas, como la de su amigo Gregorio, a quien no logra convencer para que se quede en el monasterio. Es invitado por el obispo Dianio para que le acompañe como Lector al Concilio de Constantinopla el año 360. Vuelve y escribe algunas obras. En el 374 es ordenado sacerdote, y le invitan a quedarse junto al nuevo obispo de Cesarea, Eusebio. Las relaciones entre ambos no siempre son fáciles. Para no prolongar la incómoda situación, Basilio deja Cesarea y vuelve a su retiro. Desde allí cuida de los monasterios de la región en los que va desarrollando el germen de los que más tarde fue el conjunto de reglas monásticas en las que se apoyó el movimiento monástico posterior.
Pero en el 370, muere el obispo Eusebio y es llamado a sucederle. Su elección para obispo acaba definitivamente su amada experiencia de la soledad y le lanza a una actividad intensa. En su calidad de obispo de Cesarea, capital de Capadocia, la más importante región de Asia Menor, tenía dignidad de metropolita sobre sedes episcopales limítrofes, y funciones de exarca en la organización administrativa imperial. Se ve abocado a actuar a la vez en el plano pastoral, en el teológico y en el político, pues está en plena efervescencia el arrianismo y el cisma de Antioquia, que amenazaba la unidad de la Iglesia.
Autoritario por temperamento, amante de su tierra y de sus tradiciones, poseía una gran inteligencia y una exquisita sensibilidad. Su delicada salud no le impedía desarrollar una múltiple actividad que le llevó a ser admirado por todos. Se dedicó de lleno a los cuidados que requerían las necesidades inmediatas de su fieles, construyendo para la asistencia a los enfermos, de los indigentes y de los peregrinos, un vasto complejo, con habitaciones anejas para los médicos, los enfermeros y los auxiliares: una nueva ciudad, construida principalmente a sus expensas, llamada "Basiliada", a la salida de Cesarea.
Fue también reformador de la liturgia y han llegado hasta nosotros como documento incomparable varias de sus homilías. Pero el empeño al que se mantuvo incesantemente ligado, con un gran sentido de servicio ecuménico a la Iglesia, fue la defensa del dogma trinitario y el arreglo del cisma de Antioquia. Sufrió persecuciones e incomprensiones tanto de parte de los emperadores como de muchos de sus hermanos obispos. En este clima conflictivo, Basilio compuso su tratado para defender al Espíritu Santo, inseparable del Padre y del Hijo, y digno de igual honor que el Padre y el Hijo.
Basilio moría el 1 de enero del año 379. Su personalidad y su multiforme actividad causaron admiración en todos. Muy pronto se le dio el título de "Magno".