¿Qué es la Lectio Divina?

La Biblia es la Palabra de Dios siempre viva y nueva. La Lectio Divina es un modo tradicional de orar la Sagrada Escritura de modo que la Palabra de Dios pueda penetrar en los corazones y poder crecer en una relación íntima con el Señor. Es un modo muy sencillo de orar, desarrollado y practicado por los primeros monjes, como también por los primeros Carmelitas.

Por algunos siglos leer la Biblia en la propia lengua fue casi imposible y esto condujo a una disminución en la práctica de la Lectio Divina. En estos últimos años, por fortuna, junto a toda la Iglesia, los Carmelitas han redescubierto la importancia de la Lectio Divina como un modo privilegiado de crecer en relación con Jesucristo. A través de la práctica individual y comunitaria de la Lectio Divina nos preparamos a la Palabra de Dios de modo que podamos mirar al mundo con los ojos de Dios y amar lo que vemos con el corazón de Dios.

La frase latina "Lectio Divina" significa "lectura divina" y describe el modo de leer la Sagrada Escritura: alejarse gradualmente de los propios esquemas y abrirse a lo que Dios nos quiere decir. En el siglo XII, un monje cartujo, llamado Guigo, describió las etapas más importantes de la "lectura divina". La práctica individual o en grupo de la Lectio Divina puede tomar diversas formas, pero la descripción de Guigo permanece como fundamental.

Guigo escribió que la primera grada de esta forma de rezar es la lectio (lectura). Es el momento en el que leemos la Palabra de Dios lenta y atentamente, de modo que penetre dentro de nosotros. Para esta forma de oración se puede escoger cualquier breve pasaje de la Escritura.
La segunda grada es la meditatio (meditación). Durante esta etapa se reflexiona y se rumía el texto bíblico a fin de que extraigamos de él, lo que Dios quiere darnos.
La tercera grada es la oratio (oración), es el momento de dejar aparte nuestro modo de pensar y permitir a nuestro corazón hablar con Dios. Nuestra oración está inspirada por nuestra reflexión de la Palabra de Dios.
La última etapa o grada es la contemplatio (contemplación), en la cual nos abandonamos totalmente a las palabras y pensamientos santos. Es el momento en el cual nosotros sencillamente reposamos en la Palabra de Dios y escuchamos, en lo más profundo de nuestro ser, la voz de Dios que habla dentro de nosotros. Mientras escuchamos, nos estamos transformando gradualmente por dentro. Evidentemente esta transformación tendrá un efecto profundo sobre nuestro comportamiento y, cómo vivamos, testimoniará la autenticidad de nuestra oración. Debemos meter en nuestra vida de cada día lo que leemos en la Palabra de Dios.

Estas etapas de la Lectio Divina no son reglas fijas que hay que seguir, sino simples orientaciones sobre cómo desarrollar normalmente la oración. Se encuentra una mayor simplicidad y una disposición mayor en escuchar que no en hablar. Gradualmente las palabras de la Sagrada Escritura empiezan a librarse y la Palabra se revela delante de los ojos de nuestro corazón. El tiempo dedicado a cada etapa dependerá si la Lectio Divina se hace individualmente o en grupo. Si el método se desarrolla para la oración en grupo, es evidente que será necesaria un mínima estructura. En la oración en grupo la Lectio Divina puede permitir el diálogo sobre las implicaciones de la Palabra de Dios en la vida cotidiana, pero no se debe reducir a esto. La oración tiende más hacia el silencio. Si el grupo se siente llevado más al silencio, entonces se puede dedicar más tiempo a la contemplación.

Por muchos siglos la práctica de la Lectio Divina, como un modo de orar la Sagrada Escritura, ha sido una fuente de crecimiento en la relación con Cristo. En nuestros días son muchos los individuos y grupos que la están redescubriendo. La Palabra de Dios es viva y activa, y transformará a cada uno de nosotros si nos abrimos a recibir lo que Dios nos quiere dar.

Volver Arriba

1. Carta a un amigo

 

Querido/a amigo/a:

Sabes que la Biblia es un conjunto de libros antiguos editados en un solo volumen. Como palabra de Dios escrita con palabras humanas, habla de la vida (que, a veces, te resulta tan complicada), del corazón humano (¡tan inexpugnable!), de Dios (¡alguien tan misterioso!).

Sus palabras son palabras de doble filo: consuelan y exigen; alimentan y provocan hambre; invitan a entrar en el propio corazón y empujan a entregarlo a los hermanos. Hacen que tu vida se expanda, como la cruz, hacia lo alto y hacia el horizonte.

Si quieres dejarte tocar por esta extraña sabiduría, te ofrezco un itinerario utilizado desde muy antiguo: la lectio divina.

Cuando quieras sumergirte en la lectura orante, busca un lugar donde puedas estar con tu Padre Dios. Confía en que Él te atrae a sí para hablar a tu corazón y colmarte de bendiciones. No digas: “No tengo tiempo”, porque las horas de tu jornada están a tu servicio, y tú no eres esclavo del reloj.


Invoca al Espíritu Santo, aguárdalo, sabiendo que es Él quien abre tu inteligencia para comprender, quien engendra en tu corazón al mismo Jesús.

Lee: Elige un texto y comienza a leer. Intenta comprender qué dice el texto. Sin prisas. No leas sólo con los ojos, procura imprimir el texto en tu corazón. Que tu lectura sea escucha.

Medita: Cuando empieces a comprender, rumia las palabras en tu corazón y aplícalas a tu situación, a tu vida. Pregúntate ¿qué me dice el texto? No pienses hallar lo que sabes: eso es presunción; no lo que más necesitas: eso es consumismo; ni lo que te gustaría encontrar: puedes caer en la subjetividad.

Déjate atraer por la Palabra. Asómbrate de que la Palabra quede depositada en tu corazón. Acoge al mismo Dios que se te entrega. Celebra en tu interior su amor más fuerte que la muerte, más poderoso que el pecado.

Ora: Habla al Dios que te besa a través de su Palabra. Confiado y sin temor, lejos de toda mirada sobre ti mismo. Da gracias, intercede por los hermanos, por las situaciones que el texto te haya traído a la memoria. Da curso libre a tus capacidades creativas de sensibilidad en la oración.

Contempla: Tu silencio y el silencio de Dios se unen en una soledad acompañada, rebosante de vida. Permanece. Déjate abrasar como la zarza ardiente que arde sin consumirse. Acepta ser engendrado de nuevo para llegar a ser hijo de Dios.

Ama: Conserva lo que has visto, oído y saboreado en la lectio divina. Que repose en tu corazón y en tu memoria mientras acompañas a hombres, mujeres y niños. Ponte en medio de ellos y deja que rebose de tu interior la paz y la bendición que has recibido. Actúa con ellos para volver a reencarnar en la historia a Jesucristo, la Palabra hecha carne.

Dios te necesita para construir en el mundo “unos cielos nuevos y una tierra nueva”. Vuelve a leer la Biblia desde la vida y para la vida. No te asusten las dificultades. Has de saber que te aguarda un día en el que, viendo a Dios cara a cara, Él mismo te revelará que has sido Biblia viviente, lectio divina para tus hermanos.

 

Os ofrecemos la presentación en Microsoft Power Point en formato zip que podéis descargaros pulsando aquí:

Volver Arriba

2. Un poco de historia

En su origen, la Lectio Divina no era sino la lectura de la Biblia que hacían los cristianos para alimentar su fe, esperanza y amor, animando así su caminar. La Lectio Divina es tan antigua como la propia Iglesia, que vive de la Palabra de Dios y depende de ella como el agua de su fuente (DV 7, 10 y 21). De ese modo prolonga una tradición de las comunidades pobres (anawin) del Antiguo Testamento.

La Lectio Divina es la lectura creyente y orante de la Palabra de Dios, hecha a partir de la fe en Jesús que dice: “El Espíritu os recordará lo que yo os he enseñado y os introducirá en la verdad plena” (Jn 14,26; 16,13). El Nuevo Testamento, por ejemplo, es el resultado de la lectura del Antiguo Testamento que los primeros cristianos hacían a la luz de la nueva revelación, en la que Dios, a través de Jesús, se manifestó a sí mismo vivo en medio de la comunidad.

A lo largo de los siglos, esta lectura creyente y orante de la Biblia fue alimentando a la Iglesia, a las comunidades, a los cristianos. Inicialmente no se trataba de una lectura metódica y organizada, sino de la propia Tradición que se transmitía de generación en generación, a través de la práctica del pueblo cristiano.

Orígenes fue el primero en utilizar la expresión Lectio Divina, afirmando que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención y constancia. “¡Cada día, como Rebeca, tenemos que volver, una y otra vez, a la fuente de la Escritura!”. Y como lo que no se consigue con el propio esfuerzo debemos pedirlo en la oración, nos dice también Orígenes: “es absolutamente necesario rezar para poder entender las cosas divinas. De ese modo -concluye- llegaremos a experimentar aquello que esperamos y meditamos”. En estas reflexiones de Orígenes, tenemos un resumen de lo que viene a ser la Lectio Divina.

La Lectio Divina se convirtió más adelante en la columna vertebral de la vida religiosa. En torno a la Palabra de Dios, escuchada, meditada y rezada, surge y se organiza el monacato del desierto. Las sucesivas reformas y transformaciones de la vida religiosa, siempre retomaron la Lectio Divina como su “marca registrada”. Las reglas monásticas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito hacen de la lectura de la Biblia, junto con el trabajo manual y la liturgia, la triple base de la vida religiosa.

La sistematización de la Lectio Divina en cuatro peldaños tiene lugar en el siglo XII. Alrededor del año 1150, Guigo, un monje cartujo, escribió un librito llamado La escalera de los monjes. En la introducción, antes de exponer la teoría de los cuatro peldaños, se dirige al “caro hermano Gervasio” y dice: “he resuelto compartir contigo algunas de mis reflexiones acerca de la vida espiritual de los monjes, pues tú la conoces por experiencia, mientras que yo únicamente por estudio teórico. De ese modo, tú podrás ser juez y corregir mis consideraciones”. Guigo quiere que la teoría de la Lectio Divina sea avalada y corregida a partir de la experiencia y de la práctica de los hermanos.

A continuación, introduce los cuatro peldaños:

“Cierto día, durante el trabajo manual, al reflexionar sobre la actividad del espíritu humano, de repente se presentó en mi mente la escalera de los cuatro peldaños espirituales: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Esa es la escalera por la cual los monjes suben desde la tierra hasta el cielo. Es cierto, la escalera tiene pocos peldaños, pero es de un altura tan inmensa y tan increíble que, al tiempo que su extremo inferior se apoya en la tierra, la parte superior penetra en las nubes e investiga los secretos del cielo”.

Después Guigo muestra cómo cada uno de los peldaños tiene la virtud de producir algún efecto especifico en el lector de la Biblia. A continuación, resume todo:

“La lectura es el estudio asiduo de las Escrituras, hecho con espíritu atento. La meditación es una actividad diligente de la mente que, con ayuda de la propia razón, busca el conocimiento de la verdad oculta. La oración es el impulso ferviente del corazón hacia Dios, pidiendo que aleje los males y conceda cosas buenas. La contemplación es una elevación de la mente sobre sí misma que, pendiente de Dios, saborea las alegrías de la dulzura eterna”.

En esta descripción de los cuatro peldaños, Guigo sintetiza la tradición anterior, y la transforma en instrumento de lectura, para servir de instrucción a los jóvenes que se iniciaban en la vida monástica.

En el siglo XIII, los mendicantes intentaron crear un nuevo tipo de vida religiosa más comprometida con los “menores” (pobres). Hicieron de la Lectio Divina la fuente de inspiración para su movimiento renovador, como se observa con claridad en los escritos de los primeros franciscanos, dominicos, servitas, carmelitas y otros mendicantes. A través de su vida comprometida, supieron poner la Lectio Divina al servicio del pueblo pobre y marginado de aquella época.

Después hubo un largo periodo en que la Lectio Divina se enfrió. Ni siquiera en el seno de la vida religiosa, se fomentaba la lectura de la Biblia. Fue una desgraciada consecuencia de la Contrarreforma en la vida de la Iglesia. Santa Teresita, por ejemplo, no tenía acceso al texto integro del Antiguo Testamento. Se insistía más en la lectura espiritual. ¡El miedo al protestantismo hizo perder el contacto directo con la fuente!

Sin embargo, el Concilio Vaticano II recupera la tradición anterior y, en el documento Dei Verbum, recomienda con gran insistencia la Lectio Divina (DV 25). Esta forma de leer la Biblia responde a las exhortaciones que el Concilio Vaticano II dirige a todos los fieles. En efecto, el Concilio Vaticano II, siempre que habla de las fuentes que alimentan la vida cristiana remite a la lectura de la Palabra de Dios.

En el documento sobre la divina revelación (Dei Verbum) leemos: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de las Sagradas Escrituras para que adquieran el sublime conocimiento de Jesucristo (Flp 3,8), pues desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo” (D.V. nº 25). Esta invitación general se repite después en los diversos documentos destinados a los distintos miembros de la Iglesia.

A los sacerdotes les dice: “A la luz de la fe, que se alimenta con la Lectio Divina, pueden tratar diligentemente de descubrir en los diversos acontecimientos de la vida los signos de la voluntad de Dios y los impulsos de su gracia ” (P.O. nº 18).

A los religiosos les exhorta: “Tengan, ante todo, diariamente entre las manos la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la lectura y la meditación de los diversos libros el sublime conocimiento de Jesucristo” (P.C. nº 6).

Finalmente, a todos los laicos: “Sólo a la luz de la fe y con la meditación de Dios, buscar su voluntad en todo momento y descubrir a Cristo en todos los hombres, cercanos o lejanos” (A.A. nº 4).

La Lectio Divina volvió a aparecer de manera nueva, sin título y sin nombre, en medio de las comunidades, donde los creyentes retomaron la lectura de la Palabra de Dios. Últimamente comienza a ser cultivada y estudiada, en distintos ambientes eclesiales.

Volver Arriba

3. Convicciones e itinerario

Las convicciones de las que parte.

Cuando nos relacionamos con otra persona el que se dé un auténtico encuentro depende en buena parte del convencimiento de que es posible la comunicación, y no sólo de que es posible, sino bueno para cada uno de nosotros.
Con la Biblia sucede algo muy parecido. El éxito de su lectura depende en gran medida de que estemos convencidos de dos cosas importantes:

* En primer lugar, de que a través de la Biblia, de toda la Biblia, nos está hablando Dios, y por tanto, de que las palabras humanas de la Escritura son Palabra de Dios, que nos permite conocer su voluntad y su corazón.

* Pero además es necesario descubrir que estas palabras se dirigen a nosotros; hablan de nosotros, de nuestros anhelos y esperanzas, de nuestros fracasos y desilusiones. La Biblia nos ayuda a interpretar lo que nos sucede y a entenderlo; es como el mapa que nos ayuda a reconocer el paraje por el que caminamos.


El itinerario que ha de seguir.

Guigo, un monje cartujo que vivió en el siglo XII, se imaginaba el itinerario de la Lectio Divina como una escalera de de cuatro peldaños. El primer peldaño es la lectura, el segundo la meditación, el tercero la oración y el cuarto la contemplación. Esta escalera es la que une la tierra con el cielo. El mismo describe así estos cuatro momentos:

La Lectura (Lectio) es el estudio asiduo de la Escritura hecho con espíritu atento. La Meditación (Meditatio) es una diligente actividad de la mente que busca el conocimiento de la verdades ocultas... La Oración (Oratio) es un impulso fervoroso del corazón hacia Dios, para alejar el mal y alcanzar el bien. La Contemplación (Contemplatio) es una elevación de la mente sobre sí misma hacia Dios, que saborea las alegrías de la eterna dulzura..
La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide, y la contemplación la saborea.
Puede decirse que la lectura lleva el alimento a la boca, la meditación lo mastica y lo tritura, la oración lo degusta, y la contemplación es la dulzura que da alegría y recrea...
La lectura es un ejercicio de los sentidos externos, la meditación es un ejercicio de la inteligencia, la oración es un deseo, y la contemplación sobrepasa los sentidos.


Aunque estas cuatro etapas no siempre siguen el mismo orden ni siempre se dan todas, puede ser útil describir con más detalle en qué consiste cada una de ellas:

LECTURA: Es el punto de partida y debe hacerse con atención y respeto. Consiste en leer y releer el texto, identificando a los personajes y la acción, preguntándose por el contexto y los destinatarios. Hay que tener en cuenta los factores históricos (¿En qué época se sitúa la acción? ¿Cuál era la situación de los destinatarios?), literarios (¿Qué recursos literarios utiliza el autor? ¿Se trata de un relato, un poema, un código legal...?) y teológicos (¿Qué experiencia de fe transmite? ¿Qué nos dice acerca de Dios, del mundo, de la historia, de nosotros mismos?). Es muy importante acercarse al texto sin prejuicios y sin proyectar nuestra subjetividad. La pregunta que debemos hacernos en la primera etapa del itinerario es esta: ¿Qué es lo que decía el texto en su contexto?

MEDITACIÓN: La meditación consiste en rumiar el texto hasta descubrir el mensaje que encierra para nosotros hoy. En la meditación se entabla un diálogo entre lo que Dios nos dice en su palabra y nuestra vida. De este modo el mensaje del texto cobra actualidad y se convierte en un mensaje para mí (nosotros). La meditación supone un esfuerzo de reflexión que pone en acción nuestra inteligencia. La pregunta no es ya ¿Qué decía el texto en su contexto? sino: ¿Qué me (nos) dice el texto en mi (nuestra) situación?

ORACIÓN: La lectura y meditación del texto nos conducen a la oración. Con ella se inicia la segunda parte del diálogo. Hasta ahora hemos intentado escuchar a Dios que nos habla en su Palabra, pero esta escucha nos mueve a dirigirnos a aquél cuya palabra hemos escuchado. En la oración entran en juego el corazón y los sentimientos. Es una respuesta profundamente nuestra, que se expresa en la súplica, la alabanza, la acción de gracias, el reproche.... La pregunta aquí es: ¿Qué es lo que el texto me hace decir a Dios?

CONTEMPLACIÓN: Es la culminación de todo el camino. En ella se transciende la multiplicidad de sentimientos y reflexiones y la atención se concentra en el misterio de Jesús, el Hijo de Dios; un misterio del que hablan todas las páginas de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamento. Este encuentro profundo proporciona una nueva mirada sobre Dios, sobre el hombre y el mundo, y revela cuál es el designio y la voluntad de Dios. La contemplación no supone en modo alguno una evasión de la realidad, sino una penetración en lo más profundo de la historia y del designio salvador de Dios, que lleva al compromiso y a la acción para hacer presente en el mundo dicho designio salvador.

Volver Arriba

Actitudes que requiere

Ficha de lectura

4. Actitudes que requiere

La Lectio Divina requiere unas disposiciones interiores, sin las cuales el itinerario que acabamos de describir quedaría vacío. Dichas actitudes pueden resumirse en estas tres:


* Escucha: Es necesario acercarse a la Palabra de Dios con reverencia y en actitud de escucha. Hay un pasaje en la Biblia que ilustra bien lo que supone esta actitud de escucha. Pastoreando los rebaños de su suegro Jetró, Moisés llegó al monte Horeb y vio una zarza que ardía sin consumirse. Cuando quiso acercarse para ver esta maravilla más de cerca, oyó una voz que le decía: Moisés, no te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado (Ex 3,1-6). La Palabra de Dios es para nosotros, como la zarza, un misterio atrayente. Pero nos acercamos a ella descuidadamente, sin advertir que estamos pisando un terreno sagrado, en el que se encuentra Dios mismo. Es entonces cuando escuchamos una voz que nos invita a descalzarnos de todo aquello que nos impide escuchar esta palabra que Dios nos dirige (los ruidos, las prisas, las preocupaciones....), y que nos impide, por tanto, convertirnos en discípulos de la Palabra. Por tanto, cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios tenemos que ponernos en actitud de escucha; prepararnos para escuchar. Esto puede hacerse con un momento de silencio, un gesto de adoración, una breve oración.


* Compromiso de vida: Uno de los mayores obstáculos que dificultan y hasta hacen imposible la práctica de la Lectio Divina es la falta de coherencia entre la lectura orante de la Palabra y el tipo de vida que llevamos. La Lectio Divina requiere que exista una armonía entre la forma de orar y la forma de vivir. Requiere, por tanto, una decisión radical y constante de vivir según el evangelio, de seguir a Jesús como discípulos, o, como diría san Pablo, de una vida en Cristo.


* Perseverancia: Finalmente, la práctica de la Lectio Divina supone dedicación y perseverancia. Esta perseverancia debe entenderse como una progresiva adecuación a la pedagogía de Dios. Nosotros somos impacientes y queremos ver en seguida los resultados, pero los planes de Dios siguen otros esquemas. La Palabra leída, meditada, orada y contemplada es en nosotros como una semilla que da su fruto de forma misteriosa, conforme a los planes de Dios (Is 55,10-11). La Lectio Divina requiere que le dediquemos asiduamente un tiempo exclusivo. De este modo, el encuentro con la Palabra de Dios nos hace ir cambiando nuestra mentalidad utilitarista y aprender la sabiduría escondida de la cruz.
Hay diversas formas de poner en práctica la Lectio Divina. El ideal es que llegue a convertirse en un hábito diario en la vida del cristiano. Pero requiere un aprendizaje, que debe ir acompañado de un mayor conocimiento de la Biblia. La forma ideal para realizar este aprendizaje es el grupo, en que se va haciendo el camino junto a otros creyentes y se comparten los avances y retrocesos. Además el grupo de creyentes que escucha asiduamente la Palabra de Dios es expresión de la Iglesia, en cuyo seno la Palabra resuena con fuerza. Esta Palabra viva y eficaz nos impulsará a vivir según las enseñanzas de Jesús y a ser presencia suya en medio del mundo.

Volver Arriba


5. Ficha de lectura


“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”

Antes de comenzar buscamos Hch 2,1-13

Ambientación

En el encuentro anterior vimos cómo los discípulos fueron enviados para ser testigos de Jesús en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra. Junto con aquel encargo recibieron la promesa del Espíritu Santo que les llenaría de valentía y ahuyentaría sus miedos. Hoy veremos cómo aquella promesa se cumplió en la fiesta de Pentecostés.
En aquella fiesta los judíos recordaban y celebraban el don de la ley en el Sinaí. Pero desde entonces los cristianos recordamos y celebramos en ella el don del Espíritu Santo.

Miramos nuestra vida

A veces experimentamos dificultades a la hora de vivir como cristianos. A veces sentimos que no tenemos fuerzas para tirar hacia adelante, para hacer aquello que Dios nos pide. Podemos profundizar un poco más en esta experiencia preguntándonos:
– ¿Qué nos paraliza? ¿Qué miedos nos impiden comprometernos con Jesús?
– ¿Qué miedos tiene la gente hoy?
– ¿Qué miedos tienen nuestras comunidades?

Escuchamos la Palabra de Dios

Acabamos de hablar de nuestros miedos. Los discípulos también sintieron miedo y permanecieron encerrados en Jerusalén. Con la llegada del Espíritu, los primeros cristianos se atrevieron poco a poco a dar testimonio de Jesús resucitado más allá de las fronteras del pueblo de Israel. Vamos a fijarnos atentamente en cómo describe aquel cambio el Libro de los Hechos.
• Nos preparamos a acoger la Palabra de Dios con unos instantes de silencio. El Señor quiere decirnos algo hoy.
• Un miembro del grupo proclama Hch 2,1-13.
• Cada persona vuelve a leer detenidamente el pasaje, consultando las notas de la Biblia.
• Entre todos tratamos de responder a las siguientes preguntas:


– ¿Cómo se manifiesta la presencia del Espíritu Santo? ¿Qué te sugieren las imágenes del viento y el fuego?
– ¿Qué hacen los apóstoles? ¿De qué hablan? ¿Actúan con sus propias fuerzas?
– ¿Quiénes escuchan su testimonio? ¿Qué reacción provoca en ellos la predicación de los apóstoles?


Volvemos sobre nuestra vida

En este momento se trata de descubrir el mensaje que encierra el acontecimiento de Pentecostés para nosotros y nosotras, aquí y ahora.
Teniendo en cuenta los miedos y dificultades de que hemos hablado al comienzo y lo que hemos descubierto en este pasaje del Libro de los Hechos, nos preguntamos:


– ¿Sentimos al Espíritu como fuerza que nos libera de nuestros miedos?
– ¿Cómo lo acogemos cada uno de nosotros? ¿A qué nos impulsa?

Oramos

Volvemos a leer de nuevo el pasaje de Hechos 2,1-13.
• Permanecemos unos instantes en oración ante el Señor. Pasamos por el corazón los sentimientos que se han despertado en nosotros y nosotras al ponernos en contacto con la Palabra de Dios y al escuchar a los compañeros del grupo.
• Cada uno expresa en voz alta su oración al Señor.
• Para terminar cantamos: Ven Espíritu de Dios sobre mí .

Volver Arriba

EXPLICACIÓN DEL PASAJE

El episodio de la venida del Espíritu Santo descrito en Hch 2,1-13 tiene lugar en la fiesta de Pentecostés. Era una fiesta de acción de gracias por el don de la cosecha (Ex 23,16). Se celebraba cincuenta días (o siete semanas y un día) después de la fiesta de la Pascua. En ella se conmemoraba también el pacto que Dios había hecho con su pueblo en el Sinaí (Ex 20,22-23,33; 34,10-28). En el relato del acontecimiento de Pentecostés aparecen unas imágenes (fuego, viento...) que también se encuentran en las narraciones de la revelación del Sinaí. El autor del Libro de los Hechos describe la venida del Espíritu con los símbolos clásicos de una teofanía (una manifestación especial de Dios). Elige el viento porque en hebreo, “espíritu” es la misma palabra que viento (Jn 3,8); y el fuego, que en el Antiguo Testamento es a veces una manifestación del mismo Dios (Is 30,27; Ez 1,4; 3,12; Sal 18,13; 29,7; 50,3).

A muchos de nosotros el relato de Pentecostés nos resulta extraño y fascinante a la vez, precisamente por los símbolos e imágenes que utiliza. Pero esa extrañeza desaparece cuando comprendemos que, a través de ellos, el autor del Libro de los Hechos quiere hacernos descubrir lo importante que fue la experiencia de Pentecostés, y que ella se dio una presencia muy especial de Dios. El Señor envía al Espíritu Santo que había prometido (Lc 24,29) y lo hace cuando están reunidos en comunidad.

El fenómeno que se cuenta a continuación suele conocerse con el nombre de glosolalia, palabra que significa literalmente “hablar en lenguas”. Los apóstoles se expresan como lo hacían los antiguos profetas (Nm 11) o como lo harán los cristianos, empujados por el Espíritu, en los primeros tiempos de la Iglesia (Hch 10,46). ¿Qué es lo importante de esta manifestación? Hablar en otras lenguas es hacerse entender por todos los pueblos. En el episodio de Babel (Gn 11,1-9) las diferentes lenguas dividen a los hombres y mujeres. Pentecostés parece darnos a entender que todas las personas pueden oír la Buena Nueva de Jesús. La misión de los apóstoles, desde este momento, será hacer llegar a todos sin excepción la buena noticia de la resurrección de Jesús. Es como si la confusión de Babel, que provocó la dispersión de los pueblos, desapareciera, y todos los hombres y mujeres pudieran reunirse de nuevo en una misma familia.

La venida del Espíritu hace que los discípulos se conviertan en testigos del Resucitado ante todos los pueblos. La salvación ya no tiene fronteras; no es sólo para los judíos, sino que se dirige a todos. La llegada del Espíritu es una llamada a la universalidad. Todas las personas entienden la Buena Noticia, cada una en su propia lengua y cultura.

En un primer momento el acontecimiento de Pentecostés solo se manifiesta entre los judíos venidos a Jerusalén para la fiesta. Si seguimos leyendo el Libro de los Hechos nos encontraremos con otras manifestaciones del Espíritu Santo, que vuelve a derramarse en la comunidad cristiana después de la primera persecución de la Iglesia (Hch 4,31). Cuando los cristianos se extiendan por “Judea y Samaría” acontecerá un nuevo Pentecostés (Hch 8,5-25), lo mismo que cuando Cornelio fue bautizado (Hch 10,44-45). El Espíritu Santo, que acompaña a los discípulos va confirmando su predicación con estas presencias extraordinarias.

Finalmente, es importante observar que el Espíritu desciende sobre toda la comunidad. En comunidad reciben el Espíritu, en comunidad lo anuncian, y ese anuncio hace que aumente y se consolide dicha comunidad con nuevos miembros. El nuevo Israel se hace misionero al recibir el don del Espíritu Santo.

Este acontecimiento de Pentecostés nos enseña hoy a las comunidades cristianas, a salir de nuestros guetos, de nuestras sacristías, de nuestros “grupos-estufa”, de nuestro barrio o nuestro pueblo para anunciar, fuera de nuestras “fronteras”, que es posible la esperanza, porque el Señor ha resucitado.


Textos originales de: "La Casa de la Biblia"

Volver Arriba


 

Método de Lectio Divina.Breve esquema.

 

        

        En el esquema que proponemos a continuación sugerimos diversas posibilidades para realizar en cada uno de los peldaños de la Lectio Divina. Naturalmente no es necesario seguirlas todas, sino que se trata más bien de un menú en el que podrán elegirse aquellas que se consideren más adecuadas según el tipo de texto al que se van a aplicar.

 

INVOCAMOS AL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DE LA ORACIÓN. Recordemos que es Él el que nos lo enseñará todo.

LECTIO

¿Qué dice el texto?

   Leer y releer atentamente, hasta que se haya entendido bien todo su contenido.

   Caer en la cuenta de: las indicaciones de tiempo y lugar; los personajes y sus acciones; la palabra o palabras clave; las repeticiones; los campos semánticos (sinónimos y antónimos); a qué otros textos de la Escritura hace referencia (textos paralelos); posible estructura de la perícopa, justificando las diversas partes de la misma; el contexto literario inmediato y su relación con el mismo; palabras o frases "bisagra" -es decir, que sirven para conectar o ligar un texto con otro-; situación del texto en el conjunto del libro.

Quizá pueda ayudarte a prestar más atención a todos estos elementos copiar el texto o subrayarlo.

[También es muy iluminador comparar diversas traducciones, a ser posible, en lenguas diversas, así como confrontar el texto con el original griego, hebreo y arameo].

   Buscar, con la ayuda de algún comentario, el contexto socio-cultural, económico, político y religioso de la época.

MEDITATIO

¿Qué me dice el texto a mí/a nosotros?

   Cae en la cuenta de las diferencias y semejanzas existentes entre la situación del texto y la nuestra.

- ¿Qué conflictos del pasado existen todavía hoy?

- ¿Cuáles son diferentes?

- ¿Qué mensaje nos transmite el texto para nuestra situación actual?

- ¿Qué cambio de comportamiento reclama de mí?

- ¿Qué quiere hacer crecer en mí, en nosotros?

- ¿En qué sentido esta Palabra es buena noticia para mí?

   Intenta resumir el mensaje en una palabra o frase. Repítela interiormente con atención.

ORATIO

  ¿Qué nos hace decir el texto a Dios?

  La oración surge de modo espontáneo como súplica, acción de gracias, alabanza, petición de perdón o intercesión. 

CONTEMPLATIO

   ¿Cómo cambia el texto mi/nuestra mirada?

   ¿Qué compromisos concretos me/nos hace adquirir para que se realice el Reino de Dios y su justicia?

 


Volver Arriba