El Tesoro Espiritual


de San Basilio el Grande

(329-379).


Contenido: La perfección cristiana - El amor perfecto al prójimo. El mandamiento del amor a Dios. El amor a Dios se profundiza en la meditación de las verdades de la fe. La oración nos une con Dios. La comunión del cuerpo y la sangre de Cristo da la vida eterna. El mandamiento del amor al prójimo. El amor al prójimo mejor se evidencia en la vida comunitaria. La vida común corresponde mejor a la naturaleza humana. La vida común facilita el cumplimiento de los mandamientos de Cristo. Vida común - signo de la unidad de la Iglesia. En la Vida común se aprovechan los carisma de los otros. La vida común - Imitación de los primeros cristianos. Vida común - cumplir las obligaciones en común. Vida común - Servir a Cristo. El camino de la santidad de los monjes - Consejos evangélicos y las virtudes. Renuncia. La pobreza evangélica. La virginidad evangélica. La obediencia evangélica. La virtud de la humildad. La virtud de la paciencia. La virtud de la templanza. Utilidad y frutos de la vida comunitaria. Trabajo con sacrificio. Proclamar la Palabra de Dios. Ser ejemplo para el prójimo. La luz de la fe. La paz espiritual. La seguridad del premio eterno. Libros consultados.



La perfección cristiana -

El amor perfecto al prójimo

El Mayor Mandamiento, promulgado en las leyes de Dios, es: Amar a Dios con todo el corazón; el segundo: Amar al prójimo como a sí mismo.

El mismo Dios puso orden en las leyes, ordenando, que el primer y el más grande mandamiento es el amor a Dios, en el segundo se encuentra el mandamiento parecido al primero, el mandamiento de amor al prójimo.

El mandamiento del amor a Dios

Amar a Dios no necesita maestro. Así como sin algún aprendizaje nos alegramos de la luz, y deseamos el bien. La misma naturaleza enseña a amar a los padres, aquellos que nos educaron y nos alimentaron. Así lo mismo, en una manera muy superior y no de alguien, aprendemos a amar a Dios. Desde el nacimiento hay en nosotros como una semilla, una fuerza espiritual, una inclinación, una capacidad para el amor. En la escuela de los mandamientos de Dios esta fuerza del alma se desarrolla, se alimenta y, por gracia de Dios, llega a la perfección... Pues es necesario saber que el amor a Dios es una virtud, pero ella con su fuerza abraza y cumple todos los mandamientos: "Jesús les respondió: El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabra. Mi padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a el y viviremos en él" (Jn. 14:23). Otra vez repite: "En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los Profetas" (Mt. 22:40). Así pues por la naturaleza humana, los hombres aspiran a cosas hermosas y buenas, y no hay algo mejor, más hermoso, que el bien: Dios es el mismo bien. Por eso el que desea el bien, desea a Dios. Aunque nosotros no conoceremos como El es bueno, pero ya el saber que El nos creó es suficiente, para que lo amemos por sobre todo y continuamente estemos unidos a El, como los hijos están unidos a su madre.

Si tenemos una natural unión y amor a nuestros bienhechores y tratamos de agradecerles, ¿entonces que decir de los dones espirituales? Ellos son tan importantes, que es imposible valorizarlos y cada uno de ellos es suficiente para obligarnos a un total agradecimiento hacia el Dador.

El nos redimió de la maldición, siendo El, por nosotros, maldición (Gá. 3:13). El asumió sobre sí la peor muerte, para devolvernos la vida gloriosa. Y no siendo suficiente para El dar la vida por nosotros, El nos dio todavía la gloria de su naturaleza y nos preparo la vida en la eternidad, donde la felicidad supera todo entendimiento humano.

El amor a Dios se profundiza

en la meditación de las verdades de la fe

Pues es necesario y útil, que cada uno aprenda la Divina Escritura, para saber como permanecer en la piedad y no acomodarse a las filosofías humanas, porque es imposible comenzar algo con ligereza y querer inmediatamente obtenerlo sin meditación, sin un continuo y atento ejercicio. Conocemos a Dios mediante la iluminación del Espíritu Santo, que es como el sol, ilumina las cosas de Dios, abriendo el ojo puro (el conocimiento), a la imagen de Dios invisible. Con su gracia el Espíritu Santo eleva también nuestro corazón hacia Dios; a los débiles El los sostiene, como una poderosa mano; y a aquellos que caminan por el camino de la santidad, El, aun mejor los perfecciona. El Espíritu Santo, purificando con su gracia a los limpios de la mancha del pecado, los espiritualiza.

Como el claro rayo del sol, refleja así a los corazones limpios; iluminados por el Espíritu Santo, ellos se transforman en espirituales y también, a los demás, les participan de esa espiritualidad. Un corazón espiritualizado llega al don del entendimiento de los misterios de Dios, al conocimiento de los misterios secretos, con el recibimiento de los dones espirituales, la ciudadanía celestial, la participación a los coros angélicos, a la felicidad eterna, a la unión con Dios y finalmente nuestra semejanza con El; es decir, nuestra civilización, que es el cumplimiento de la ascética cristiana.

¿Qué más milagroso que la belleza de Dios? ¿Qué más dulce que meditar sobre la grandeza de Dios? ¿Puede existir en el corazón algo más fuerte y más profundo sentimiento que el que Dios infunde en un alma purificada de todo pecado, para que el alma sienta todo lo que surge de estas palabras? Yo con amor exijo. En verdad es imposible narrar o describir el rayo de la belleza de Dios.

Para los ojos humanos esta belleza es inaccesible, solamente el conocimiento y el alma pueden alcanzarla. Cuando esta belleza iluminaba a los santos, entonces, dejaba en el alma de ellos una insaciable sed. Aquellos a los cuales el amor de Dios tocó y colmó no pudieron contener su ímpetu amoroso. Llenos del deseo de contemplación de la belleza de Dios, ellos rogaban que su contemplación divina se prolongara por toda la eternidad.

Con atenta y profunda meditación sobre la grandeza de la gloria de Dios, con profundidad de pensamiento, sin interrumpir la memoria sobre la bondad de Dios y con profundidad e intensidad, continuando el deseo de asemejarse a Dios, nuestra alma se hace capaz de cumplir estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Mc. 12:30). He aquí con que intención hay que servir a Dios.

La oración nos une con Dios

Saben, que nuestra gloria es la comunidad monacal de hombres y mujeres, que con su espíritu permanecen ya en el cielo. Ellos crucificaron su cuerpo junto con sus pasiones y tentaciones. Ellos ya no se preocupan de aquello que van a comer o vestir, sino de aquella oración por la que, sin perder el tiempo, día y noche, están unidos a Dios, aun cuando trabajan con sus manos.

Después de la lectura siguen las oraciones. Las almas, en las cuales el amor a Dios se originó, cumplen con más rapidez y perseverancia. La oración que eleva la mente a Dios es buena. Justamente, en esto esta la vida de Dios en nosotros, cuando recordamos, que el señor vive en nosotros. De esta forma somos templos de Dios, procurando que esta unión no se interrumpa a causa de las preocupaciones terrenales, las inquietudes, y cuando las pasiones turban el intelecto. Quien, pues, ama a Dios y huye de todo esto, se orienta a Dios, alejando de su corazón las pasiones que lo conducen al pecado y permanece en la lucha que lo lleva a las virtudes.

La fuerza de la oración se encuentra en el sentimiento del alma y las obras virtuosas de toda nuestra vida. San Pablo habla: "En cualquier caso, ya coman, ya beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios" (1 Co. 10:31). Entonces cuando te sientas a la mesa, reza, cuando tomas el pan, agradece al Dador. Cuando refuerzas tu débil cuerpo con vino, entonces piensa en Aquel, que te concede estos dones para alegrarte y reforzarte en las debilidades. Y a pesar de tu poco tiempo para alimento, siempre recuerda al Bienhechor, jamás te olvides. Cuando te vistes agradece a Aquel que te dio el vestido. Si pasó el día, agradece al Señor que nos dio el Sol para trabajar; y en la noche a la luna para iluminar. La noche también tiene su motivo de oración. Cuando contemplas el cielo y admiras su hermosura, entonces ora al Señor de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo. Por todo ser viviente que descansa en la noche, nuevamente reza a Aquel que interrumpe nuestra actividad con el sueño y luego de un breve descanso, nos permite recuperar todas nuestras fuerzas. La noche pues no será solo para dormir. No permitas que la mitad de tu vida pase en sueño inútil, sino distribuye la noche entre el sueño y la oración. Mayor tiempo, aún que el del sueño, tiene que ser para la perfección espiritual... Entonces así podrás rezar sin interrupción, sin limitarla a la oraciones de meras palabras y todo tu comportamiento estará siempre unido a Dios; así toda tu vida será una oración continua y sin interrupción.

¡Y que puede dar más suerte, sino en la tierra, imitar los coros de los ángeles! Cuando a cada ocupación precede la oración, cuando con cantos, como la sal condimentamos las ocupaciones, los cantos hermosos y espirituales dan al alma alegría, esperanzada y tranquilidad. Ir a la madrugada a la oración, con cantos e himnos, alabando al Creador y luego, cuando el Sol está más claramente, volver al trabajo. Los salmos son tranquilidad para el alma, principio de paz, que tranquiliza los atormentados e inquietos pensamientos, que no solamente dominan la turbulenta ira, la despertada cólera espiritual, sino que la conduce a la misericordia. Los salmos fortifican a los consagrados, reconcilian a los ofendidos, y entre amigos, inducen al amor. Quien entonces puede tener por enemigo a aquel, con el cual juntos elevan salmos a Dios. Y el canto de salmos une con aquel Bien más grande que es el amor. Este canto es como si encontrara algún porvenir, una esperanza, una predisposición a una actitud conciliadora; el pueblo como un coro, se une en una melodiosa sinfonía. Los demonios huyen de los himnos y viene la protección de los ángeles. Los salmos son un arma buena contra los temores nocturnos y para descanso en los trabajos cotidianos. Los salmos son la seguridad para los niños, belleza para los jóvenes, alegría para los ancianos y el mejor armamento para las mujeres. Los salmos, para los principiantes son comienzo; crecimiento para los perfectos; son la voz de la Iglesia, alegría para los días festivos, que despeja la tristeza para la salvación en Dios. Los salmos hacen brotar lagrimas del corazón de piedra. Los salmos son cuerpos de los ángeles, estadía celestial, espiritual incienso.

La comunión del Cuerpo y la

Sangre de Cristo da la vida eterna.

El distintivo de los cristianos es esto: tener limpio de toda mancha el cuerpo y el espíritu con la Sangre de Cristo y practicar la santidad en el temor de Dios y en el amor de Cristo; y no tener defectos ni algo semejante, sino ser santos e inmaculados y entonces comer el Cuerpo de Cristo y tomar su Sangre.

Cuando alguien comulga, no comprendiendo el significado por el cual se recibe la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no tiene ningún beneficio; y quien indignamente comulga está juzgado. Por lo tanto quien comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la Sangre del Señor, examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz y luego coma este pan y beba este cáliz, porque aquel que come y bebe no distinguiendo el Cuerpo del Señor, será condenado (1 Co. 11:27-29).

Comulgar cotidianamente es obra buena y muy útil. Porque Cristo claramente dijo: "Porque mi Carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida" (Jn. 6:55). ¿Quien entonces podrá dudar que tener sin interrupción la participación a la vida, no quiere decir: vivir saciadamente de la riqueza de la Vida?

El mandamiento del amor al prójimo

¿Quién no sabe que el hombre fue creado para la comunidad y no para ser un salvaje o solitario? No existe cosa que mejor pueda corresponder a nuestra naturaleza, que la vida en común, y nuestra ayuda y amor a la gente.

Cuando Dios primero nos dio la semilla, entonces juntamente deseó que diera los frutos, diciendo: "Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. como yo los he amado, así también ámense los uno a los otros" (Jn. 13:34). Deseando exhortarnos al cumplimiento de este mandamiento, como testimonio de sus discípulos, no pidió milagros o señales extraordinarias (aunque y para esto el Espíritu Santo nos da la fuerza), sino la que nos dice: "Por el amor que se tengan los unos con los otros reconocerán todos que son discípulos míos" (Jn. 13:35). Y así todos los renglones de estos mandamientos resumió en aquel que las buenas obras hechas al prójimo, se comunican sobre el mismo, y finalmente agrega: "Les aseguro que cuando dejaron de hacerlo con uno de estos pequeños, dejaron de hacerlo conmigo" (Mt 25:45). Así pues con el primer mandamiento se puede observar el segundo, y por el segundo volver al primero. Con el amor al Señor, amar al prójimo: "El que me ama, se mantendrá fiel a mis Palabra. Mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él" (Jn. 14:23). y otra vez dice el Señor: "Mi mandamiento es este: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn. 15:12). Entonces quien ama al prójimo, cumple con el amor a Dios, cuando El acepta ese amor para sí.

El amor al prójimo mejor

se evidencia en la vida comunitaria

La más perfecta comunidad, pienso yo, es aquella en la cual se renuncia a la propiedad privada, y se olvida cualquier desorden de pensamiento; en la cual no existen malentendidos o desacuerdos, pero todo es en común: alma, pensamiento, cuerpo; Dios es comunidad, juntos para obtener las virtudes, juntos para la salvación, juntos en la lucha. Iguales dificultades, iguales premios, donde todos son uno solo, y uno solo no es solo sino es todos.

¿Con qué se puede igualar esta forma de vida? ¿Quién es más afortunado? ¿Qué mejor vida que la comprensión y unidad? ¿Qué más hermoso que aquella buena armonía de costumbres y almas? Personas que provienen de distintos pueblos y regiones se acomodan a esta perfecta forma comunitaria, que es como si fuera un alma en muchos cuerpos; se manifiesta que en muchos cuerpos hay una conformidad de pensamiento. Cuando alguien esta enfermo en su cuerpo, tiene a muchos que con su alma comparten sus dolores. Cuando él esta enfermo o desanimado, tiene a muchos que lo curan y lo sostienen. Mutuamente ellos entre sí son siervos, entre sí, señores. Es la fuerza de la libertad, la cual no hace nacer la posibilidad de la esclavitud, que a los esclavos trae la infelicidad. Por su libertad personal voluntariamente, ellos se sujetaron a ella. El amor hizo que, libres de sí mismos, se hicieran esclavos y la buena voluntad los mantiene en libertad. Como tales, Dios nos quiso tener desde siempre. Para esto Dios nos creó.

Donde hay un padre que imita al Padre celestial, habrá muchos hijos que, cada uno, se preocupe de superar al otro en amor hacia su superior, donde los hijos tienen entre sí un único deseo, respetar a su padre virtuosamente. A ellos no los une la naturaleza, sino que tienen un motivo mayor que la naturaleza: a ellos los une y los protege el Espíritu Santo. ¿Qué imagen visible puede ser motivo de la forma invisible de una vida? En el mundo no existe tal imagen. Es necesario buscarla en el cielo; el Padre por sobre las pasiones, con la palabra y con la enseñanza, a todos nos une. Celestiales, hijos del Padre celestial, también por virtud nos eligió por hijos. El amor ata todo en el cielo. El amor aquí nos tiene unidos.

La vida común corresponde

mejor a la naturaleza humana

En primer lugar ninguno de nosotros puede ser suficiente para sí mismo, tanto en las cosas materiales como en las corporales. Nosotros dependemos uno del otro en todas las cosas que necesitamos. Dios, nuestro Creados, ya así había establecido, que unos necesitasen de otros para que mutuamente se ayudaran, y fuéramos entre nosotros unidos, como esta escrito: "Todo lo que vive ama a su semejante, y cada hombre, a su prójimo, cada cuerpo a su naturaleza se une, y el hombre se acomoda a su semejante".

La vida común facilita el cumplimiento

de los mandamientos de Cristo

Cuando varias personas viven juntas, entonces para ellas es más fácil cumplir la mayoría de los consejos de Cristo. Y a quien en cambio, vive en la completa soledad no le es fácil conocer sus defectos, porque no tiene quien los advierta; para que con amor y mansedumbre corregirlos. Entonces a menudo se cumple la palabra de la Sagrada Escritura: "Escucha, hijo mío, recibe mis palabras y vivirás largos años" (Pr. 4:10). Así entonces no se puede abandonar el más importante mandamiento que está orientado directamente a la salvación, cuando no se da de comer al hambriento o no se da el vestido al desnudo. En esta forma de vida, además de esto, falta el ejercicio de las virtudes, porque la persona no conoce sus defectos ni su comportamiento, prácticamente, está alejada de cualquier posibilidad de observar los mandamientos. ¿Cómo podrá aquella persona demostrar su humildad, cuando no tiene la posibilidad de humillarse ante otro? ¿A quién demostrará su misericordia, cuando ella rompió toda relación con las personas? ¿Cómo podrá ejercitar la paciencia, cuando nadie le contradice a causa de los defectos?

Vida común - signo de

la unidad de la Iglesia

Siendo llamados a una sola Esperanza, nosotros todos formamos un sólo cuerpo, del cual Cristo es la cabeza y todos nosotros somos entre sus miembros. Entonces si no estamos ligados por el amor en una comunidad en el Espíritu Santo, entonces, cada uno de nosotros elige su forma de vida, pero no la que es deseada por Dios, es decir: el servicio a todos los necesitados en común.

En cambio si cada uno atendiera sus propios intereses, su amor propio, ¿cómo entonces se podría conservar una comunidad, el amor y la mutua colaboración? ¿Cómo entonces podremos demostrar la obediencia a la Cabeza-Cristo, cuando entre nosotros existe la división y la desunión? ¿Cómo entonces se puede alegrar con los exaltados, sentir con los que sufren, cuando cada uno está solo y no tiene la posibilidad, como corresponde, de conocer las necesidades del prójimo?

En la vida común se

aprovechan los carisma de los otros

Uno sólo no puede tener todos los carisma espirituales, sino que a cada uno fue dado alguno según el don del Espíritu Santo, en la medida de la fe (Rom. 12:6). En la vida común, pues, los dones particulares son para todos: "Porque a uno Dios, a través del Espíritu, le concedió hablar con sabiduría, mientras que a otro, gracias al mismo Espíritu, le da un profundo conocimiento. Dios concede a uno el don de la fe, a otro el carisma de realizar milagros, a otro el hablar de parte de Dios, a otro el distinguir entre espíritus falsos y verdaderos, a otro el hablar un lenguaje misterioso y a otro, en fin, el don de interpretar ese lenguaje" (1 Co. 12:8-10). Cada uno de estos dones, recibe el hombre no para sí, sino para los demás.

La fuerza del Espíritu Santo está en que cada uno comunique la cantidad para todos. En la vida común dada uno tiene la posibilidad de servirse de su don, compartiendo con los demás. Así entonces cada uno recoge el fruto de los ajenos dones, como si fueran suyos.

La vida común - Imitación

de los primeros cristianos.

La vida común refleja aquella virtud de los Santos de los cuales narran los Hechos de los Apóstoles: "Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común" (Hch. 2:44).

De esto resulta pues, que entre ellos (los primeros cristianos). no existía la misma separación y nadie de ellos vivía por su propia voluntad. A todos unía una misma preocupación, y no había división de voluntad y ciertamente, hablando con lenguaje humano, en todos había más de un impedimento para la unión.

Vida común - cumplir las

obligaciones en común.

Aquellos que viven en vida común, tienen que estar unidos en el amor de Jesucristo, como muchos miembros en un solo cuerpo. El Apóstol dice: "En cualquier caso, que todo se haga con orden y decoro" (1 Co. 14:40). Pues por eso yo pienso que solamente esta forma de vida puede llamarse "más hermosa y digna" cuando en ella se conserva aquel orden, como existe entre los miembros del cuerpo; uno cumple el servicio del ojo, el otro tiene la función de la oreja o de las manos y así sucesivamente. Para eso, es necesario recordar esto: cuando algún miembro no cumple su obligación y no sirve a otro, entonces a todos los miembros amenaza el peligro, así lo mismo cada negligencia del superior o del súbdito trae dificultades, esto es lo mismo que cuando la mano o el pie no quieren servir a las ordenes del ojo.

Vida común - Servir a Cristo

Todos los que cumplen cualquier servicio al hermano, tendrán que hacerlo con todo fervor por todos, como si lo hicieran no a las personas, sino al mismo Cristo, que con gran misericordia recibe para sí todo lo que hacemos a las personas ofrecidas a El. Por esto El prometió el Reino celestial: Entonces el Rey dirá a los de su derecha: "vengan benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme". Entonces le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el Rey les responderá: "Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt. 25:34-40). Pues entonces reciben el premio por su celo aquellos que responsablemente cumplen sus obligaciones; y así el juicio eterno exigirá más a los indiferentes o a aquellos que con poca diligencia y actividad han cumplido el servicio para ser dignos del nombre de hermano de Cristo, según las palabras: "El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt. 12:50). ¿Con qué disponibilidad tenemos que servir a nuestro hermano? Tenemos que servirle de tal manera como si sirviéramos al mismo Dios, que dijo: "Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt. 25:40).

 

El camino de la santidad.

Consejos

evangélicos y sus virtudes

Renuncia

Quien ama a Dios, huye de todo lo terrenal; se dirige a Dios con todo su corazón y se aleja de las concupiscencias que lo tientan a la inmoderación: el perseverar en el ejercicio que conduce a las virtudes.

Una tal renuncia comienza con el abandono de las cosas externa: propiedad, gloria falsa, costumbres humanas y apego a todas las cosas necesarias. Quien sinceramente desea ir detrás de Cristo, no puede preocuparse por las cosas que son necesarias para esta vida. No puede pensar en el amor de sus padres y parientes, cuando ellos son impedimentos al amor de Dios. Cristo muy claramente habló sobre esto que no deja espacio a cualquier justificación o duda.

Además, es imposible, para quien quiere cumplir como corresponde sus obligaciones, cuando su pensamiento esta ocupado con toda las preocupaciones, como dijo Cristo: "Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. Ustedes no pueden servir a Dios y al Dinero" (Mt. 6:24).

Nosotros tenemos que elegir sólo una cosa: el tesoro celestial, sobre el cual nosotros ponemos todo nuestro corazón, porque: "Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mt. 6:21). Por eso quien de nosotros se preocupa por la posesión personal de alguna riqueza temporal, allí nuestro entendimiento sin querer se entierra en eso, como en un pozo; y nuestra alma no puede elevarse a la vida divina. Tal alma permanece insensible a las aspiraciones de la riqueza eterna y al prometido premio en el cielo. Y a estas riquezas es imposible abandonarlas de otra manera, sino con el continuo e insistente deseo de abandonarlas, y de liberarnos de todas las preocupaciones. Entonces la renuncia es cortar todas las ataduras de la persona con las cosas materiales y su actual forma de vida, es liberación de todas las obligaciones familiares. Eso nos permite más fácilmente caminar por ese camino que lleva a Dios y sin condición, obligación para obtener la riquísima esposa (Sal. 18:11). En una palabra, la renuncia al mundo es la transformación del corazón humano en la forma de vida celestial, según las palabras del Apóstol: "Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador a Jesucristo, el Señor" (Flp. 3:20). Lo más importante, es el comienzo de la imitación y semejanza a Cristo, que: "Pues ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza" (2 Co. 8:9). Sin una tal renuncia, es imposible para nosotros llegar a aquella forma de vida, que se conformaría al Evangelio de Cristo. Porque entre riquezas y preocupaciones humanas, entre ataduras al mundo y costumbres humanas no se puede conseguir un corazón compungido, humilde, libre de iras, de tristezas, de preocupaciones y en general de todos los peligros y agitaciones del alma.

La pobreza evangélica

Según las palabras del Señor, no es conveniente ser rico, sino pobre: no juntar riquezas en la tierra sino en el cielo. Indiferente y sana actitud hacia la riqueza es servirse de ella conforme a los mandamientos: esto para nosotros es útil en muchos casos, ante todo para purificar el alma de los pecados.

Nuestra mayor suerte no es pues, la abundancia en cosas temporales, sino que nosotros somos llamados a coparticipar en los verdaderos y eternos bienes.

Los ascetas primeramente acumulan los bienes del reino prometido, porque con todas sus virtudes, con su forma de vida y su unión, ellos representan fielmente el reflejo de la forma de vida en el cielo, ellos viven sin nada propio, no tienen nada propio, todo es en común.

Por cosa propia no se tenga en consideración: ni vestido, ni cosas de la cocina, ni alguna otra necesaria para la vida. Sean pues todas estas cosas al servicio de la necesidad. Tener algo como propietario, contradice a las afirmaciones de los Hechos de los Apóstoles, donde está escrito: "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas" (Hch. 4:32). Pues, cuando llama a algo suyo, se aleja de la Iglesia de Dios y del amor de Cristo quien nos enseñó con la palabra y con el ejemplo a dar su vida por sus amigos (Jn. 15:13). Pues, cuando la vida hay que dar por los demás, entonces, cuanto más las cosas presentes.

La virginidad evangélica

Quien desea sinceramente caminar detrás de Cristo, no puede desear algo que pertenece a la vida terrenal, no puede amar a los padres, a sus parientes, cuando hay oposición al amor de Dios; porque justamente para esto están las palabras: "Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo" (Lc 14:26)

Grandes son estas cosas - la virginidad, y permanecer sin casarse - ello nos pone a la par de los ángeles, en los cuales la naturaleza es indistinta; porque no me atrevo a decir "con Cristo", porque, El habiendo deseado nacer por nosotros, igual a los nacidos, nació de una Virgen. Con esto El nos demostró la virginidad como un estado que separa del mundo y lo lleva al cielo; y con ello la persona renuncia a un mundo presente, por otro futuro. A la preocupación por las cosas de Dios, el Apóstol, hace ver que las preocupaciones de la vida matrimonial, si bien el matrimonio esta permitido y tiene su bendición, pero, conforme con el Apóstol, entre estas dos cosas es imposible coordinar: "Quiero que estén libres de preocupaciones. Y mientras el soltero está en situación de preocuparse de las cosas del Señor y de cómo agradar a Dios, el casado debe preocuparse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa" (1 Co. 7:32-33). Entonces quien desea servir a Dios, tiene que liberarse de toda atadura de este mundo.

Elige para ti una vida sin carne, sin pueblo, sin propiedad. Sé libre y libérate de toda preocupación de la vida. Pues que no te ate el deseo de la mujer, ni la preocupación por los hijos; esto es imposible en la lucha al servicio de Dios, porque el arma de nuestra lucha no es corporal, sino la fuerza en Dios (2 Co. 10:4). Pues que el cuerpo no te mine no te ate contra tu voluntad, pues el te deje libre y no te convierta en esclavo. No te preocupes por la generación sobre la tierra, sino pro los hijos espirituales, para que tu puedas llevarlos al cielo.

No te ates con el matrimonio corporal, al contrario aspira a atarte a las cosas espirituales: dirección de almas y paternidad espiritual. Imita al esposo celestial.

El don espiritual de la virginidad no es en la continencia del matrimonio y de la generación de hijos, sino toda la vida: su forma y costumbre tendrá que distinguirse con una tal hermosa virginidad, para que en todo momento se manifieste la virtud del no casado.

La obediencia evangélica

La verdadera y perfecta obediencia de los súbditos hacia el superior, se manifiesta en que, detrás del consejo del superior, no solamente se huye de todo mal, sino que sin su aprobación no se hace aquello que puede ser deseable. Mortificación y abstinencia al cuerpo es útil, pero quien va detrás de sus propias inclinaciones, hace lo que le parece y no escucha el consejo del superior, para él es antes una trasgresión que un mérito, porque: "Por tanto, quien se opone a la autoridad, se opone al orden establecido por Dios, y los que se oponen recibirán su merecido" (Rom. 13:2). Por eso la virtud de la obediencia tiene más mérito que la continencia.

El orden y la armonía en cada comunidad permanece tanto tiempo, cuanto más permanece la obediencia de los miembros a su superior, y cada desorden y caos en el gobierno de la comunidad origina anarquía por la incapacidad del que manda.

Entre la gente hay diferentes actitudes, porque no todos piensan de la misma manera lo que es necesario. Por eso para que no haya desorden y discordia, para que cada uno no viva por su propia voluntad, hace falta que aquel que manda supere por sabiduría, respeto y santidad de vida para ser moderador y superior de los demás. Cuando uno es nombrado para superior, entonces allí reemplaza la propia voluntad por sobre los demás y todos se someterán a la elegida y mejor voluntad, según los consejos del Apóstol que enseña: "Por tanto, quien se opone a la autoridad, se opone al orden establecido por Dios, y los que se oponen recibirán su merecido" (Rom. 13:2).

Ante todo es necesario, que aquel que se somete a esta forma de vida, tenga fuerte, perseverante e inamovible propósito y voluntad, que no se puede ser variable, debilitado por el espíritu maligno; él tiene que demostrar la firmeza de los mártires con la fuerza del espíritu hasta la muerte; él, con esta firmeza, tiene que permanecer fiel a los mandamientos de Dios y ser obediente a los superiores; esto es pues en esta vida la más importante causa. Porque como Dios, siendo Padre de todos quiso que todos lo llamaran Padre, exige de sus siervos la más perfecta obediencia, así, el padre espiritual entre la gente, cumpliendo sus ordenes, según el mandamiento de Dios obliga a una incondicional obediencia.

El mismo Hijo único de Dios, Señor nuestro, Jesucristo, por el cual todas la cosas existen dice: "Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió" (Jn. 6:38).

La virtud de la humildad

Quien desea en la gloria eterna mayor gloria, tiene que amar aquí todo lo que sea último y lo peor: "El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos" (Mt 18:4). y en otro lugar: "No hagan nada por rivalidad o vanagloria; sean, por el contrario humildes y consideren a los demás como superiores a ustedes mismos" (Flp. 2:3).

Y cuando hace falta realizar un servicio ínfimo, entonces hay que recordar que el Salvador sirvió a los discípulos, que no se consideró indigno de servir a los enfermos. ¡Para el hombre es gran cosa imitar a Dios! Y de estas inferiores obras, elevarse a la imitación de lo alto. ¿Quién puede considerar inferior algo que el mismo Señor obró con la mano?

En todas nuestras obras, el alma eleva la causa al Señor en la convicción de que nadie hace absolutamente nada con su propia fuerza. Porque a menudo con esta convicción nace la humildad. La humildad es la caja de las virtudes. El conocimiento de la santidad es el conocimiento de la humildad y mansedumbre. El progreso del alma es progreso de la humildad, es imitación de Jesucristo. Al contrario, el orgullo hace nacer todos los errores y conduce hacia la deshonestidad. La humildad es imitación de Jesucristo, el orgullo, es desmesurado atrevimiento, sin vergüenza; es imitación del demonio. El Apóstol dice así: "El que quiera presumir, que lo haga en el Señor" (1 Co. 1:31). Luego El explica así: Cristo es para nosotros sabiduría en Dios, justicia, santificación y redención, para que - como está escrito - quien se alaba, se alabe en el Señor. Esto es justamente aquella perfecta y plena alabanza en Dios, cuando la persona no se eleva por su justicia, siempre se justifica mediante la fe en Cristo. El, pues, busca aquella justificación, que viene de Cristo, que proviene de Dios, mediante la fe. El fin de esta justificación es poseer el conocimiento de Cristo y la fuerza de su resurrección y participación de sus sufrimientos, semejarse a El en la muerte, para llegar a una resurrección de los muertos.

La virtud de la paciencia

Toda la vida del justo está llena de tribulaciones, porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva al cielo (Mt 7:14), y "Muchos son los males del justo; Mas de todos ellos lo librará Jehová" (Sal 34:19). Por eso también el Apóstol dice: "Nos acosan por todas partes, pero no estamos aplastados ;nos encontramos en apuros, pero no desesperados" (2 Co. 4:8). Y otra vez se dice: "Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida, esperanza" (Rom 5:3-4), porque quien no da importancia al sufrimiento también desprecia el conocimiento. Al contrario, como a nadie coronan con la corona del triunfo sin el rival, así lo mismo a nadie llamarán probado sin el sufrimiento. Por eso estas palabras: "Dios me libera de toda miseria." No hay que entenderlas como si Dios nunca más permitirá la tentación, sino que junto a la tentación, da la posibilidad de soportarla.

Sucede que por la tentación del maligno, Dios que ama al hombre, le envía alguien como un gran luchador y para luchar con él, y El humilla su orgullo con la grandísima paciencia que da s sus siervos, como leemos en la historia de Noé. También como ejemplo para aquellos, que no saben soportar con paciencia, Dios muestra a sus fieles que hasta la muerte saben soportar todos los sufrimientos, como por ejemplo Lázaro. El, cubierto de heridas, nunca se lamentó de su condición de humilde, por eso recibió el descanso en el seno de Abraham que soportó los males de su vida (Lc. 16:25). Así también nosotros, aceptando los golpes de la mano de Dios, que con amor y sabiduría gobierna nuestra vida, ante todo pedimos conocer el motivo por el cual El nos da la cruz y entonces, para liberarnos de los sufrimientos y con la paciencia que junto con la prueba nos concede, la fuerza de soportar hasta el fin.

Yo deseo que ustedes tengan la misma convicción animándonos con la profunda esperanza a la alegría para poder en este tiempo, llevar las preocupaciones con paciencia; puede ser que con el sufrimiento, nosotros paguemos el débito de nuestros pecados. De tal manera nosotros, heridos, estaremos preservados de la airada mirada de Dios. Puede ser que Dios con tales pruebas quiera probar nuestra santidad. En tal caso el justo juez no permitirá el ser tentados por sobre nuestras fuerzas, sino nos dará - como premio de aceptar ya todos los sufrimientos - la corona de la paciencia y la esperanza.

Cuando les sucede algo doloroso, no se dejen llevar por la alteración sino deben estar preparados para esta prueba.

Luego, es importante aliviar la difícil situación con la esperanza de las cosas futuras. Como aquellos que tienen la vista débil, y se alejan de toda cosa resplandeciente, ellos no bajarán del cielo, sino que fueron expulsados del mirar solamente a las cosas tristes, ni ocuparse de las miserias, sino elevar los ojos con la meditación sobre los verdaderos bienes. Siempre ten a Dios en la mente y así podrás siempre alegrarte. ¿Alguien empañó tu gloria? Entonces orienta la atención a la gloria que te espera en el cielo por tu paciencia. ¿Te han causado disgusto? Contempla las riquezas celestiales y aquel tesoro que tu has preparado con tus buenas obras. ¿Te han expulsado de tu patria? La celestial Jerusalén, para ti es patria.

La virtud de la templanza

Por templanza, nosotros entendemos, no renunciar completamente a los alimentos, porque seria usar violencia y arruinar la propia salud. La templanza es la renuncia de toda comodidad para dominar las pasiones y para obtener la santidad de la vida. Para nosotros que caminamos hacia la santidad, hace falta limitar todo con lo cual la gente mundana se debilita.

La práctica de esta virtud es también una ayuda para el progreso espiritual.

La templanza es liberación de los pecados, dominio de las pasiones, mortificación del cuerpo en el desorden de su naturaleza y tentaciones; es principio de la vida espiritual, camino para conseguir el eterno bien, moderación de todo deseo de abundancia. La abundancia es una gran tentación para el mal. Ella es motivo para que la gente cometa el pecado; ella tira el alma como un anzuelo a la muerte.

Bien hacen, cuando nos recuerdan esto como reglamento, para que nosotros conozcamos no sólo la templanza sino sus frutos. Aquel fruto es poseer a Dios. Porque ser libre de la corrupción, es poseer a Dios, caer en la corrupción, es lo mismo que participar de la vida de este mundo. La templanza es dominio del cuerpo y confesar a Dios. Quiero aclarar, me parece que la templanza es el mismo Dios, que nada desea y todo tiene para sí. Nada desea, no tiene ninguna ansia ni en los ojos, ni en las oreja, no le falta nada, es la felicidad plena. La avidez es la enfermedad del alma, la templanza es la salud. Es importante mirar en la templanza no sólo de un lado; ella resguarda a aquello que el alma, descontenta por las cosas necesarias, con pasión aspira, y lo lleva a la envidia, que nace de deseo de tener oro y sin duda de otras necesidades que originan las pasiones. No embriagarse es también templanza, nos hace libres, ella sana y da la fuerza, no solamente nos ayuda a las virtudes sino que nos da más. La templanza, es bendición de Dios. Cuando en nosotros hay un poco de templanza, nosotros estamos mas alto que todo el mundo. Y sobre los Ángeles hemos llegado, porque cuando ellos perdieron la templanza, ellos no bajaron del cielo sino que fueron expulsados del mismo. Cuando nosotros tenemos un poco de templanza, nosotros no amamos este mundo, sino el otro, donde tenemos puesto nuestro corazón.

 

Utilidad y frutos

de la vida comunitaria

Trabajo con sacrificio

Quien camina en la perfección tendrá que trabajar día y noche para tener la posibilidad de dar a aquel que necesita.

El trabajo y la vida comunitaria son necesarios para nosotros, no solamente para la mortificación del cuerpo, sino también como manifestación del amor propio, para que Dios por medio nuestro, diera a los hermanos necesitados todo lo que para ellos es necesario. Siguiendo el ejemplo del Apóstol que dice: "De todas las maneras posibles les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: 'Hay más felicidad en dar que en recibir'" (Hch. 20:35).

Es necesario saber que quien trabaja tendrá que cumplir no para servir a sus propias necesidades con los frutos del trabajo, sino en el cumplimiento del mandamiento de Dios. El ya dijo: "Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme" (Mt. 25:35-36).

Por eso, por principio está prohibido preocuparse por sí mismo: "Por eso les digo: No se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? (Mt. 6:31).

Así entonces cada uno tendrá que tener por objetivo escuchar a los necesitados y no a las propias necesidades. De esta manera evita el amor propio, obtendrá del Señor la Bendición del amor del prójimo, quien dijo: ": "Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt. 25:40).

Proclamar la Palabra de Dios

El signo del amor al Señor es: con gran amor, con toda atención y en todo preocuparse de aquello que El enseña; y si es necesario, perseverar hasta la muerte, pública y privadamente en la predicación. "Yo soy el buen pastor, el buen pastor da la vida por sus ovejas" (Jn. 10:11). La palabra, la enseñanza no tendrá que ser utilizada para gloria personal, ni para su fama, ni para utilidad para complacer a los oyentes y poniendo atención a la satisfacción, sino tendría que ser la palabra como ante Dios, para su gloria. "Porque nosotros no somos como tantos otros que negocian con la palabra de Dios, sino que, en la presencia de Dios y unidos a Cristo, proclamamos sinceramente lo que Dios nos inspira" (2 Co. 2:17).

El maestro de la enseñanza tendría que ser misericordioso y benigno sobre todo ante aquellos que están mal intencionados en el alma: Luego, tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a un niño como a éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado" (Mc. 9:36-37).

Ser ejemplo para el prójimo

El que alaba y ama a Dios es aquel que cumple su voluntad; pero quien no lo respeta, viola sus mandamientos: "Yo te he glorificado aquí en el mundo, cumpliendo la obra que me encomendaste" (Jn. 17:4). "Tu que te presumes de la ley, ¿por qué deshonras a Dios al no cumplirla?" (Rom. 2:23). Cada uno, según sus posibilidades tendría que ser para los demás ejemplo de buenas obras: "Vengan a mi todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré" (Mt. 11:28). Nadie pues, sea orgulloso por su juventud, sino sea ejemplo para los fieles en la palabra y en la vida; y más adelante: "Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? Ya no sirve para nada, sino para ser tirarla y que la pisen por los hombres" (Mt 5:13).

Por eso cada uno tiene que preocuparse mucho más en vivir en la tranquilidad y permanecer en sí para ser el testimonio de la continuidad de sus costumbres; no encerrarse totalmente en su celda, sino con tranquilidad salir cuando sea necesario. Para edificación del los hermanos, para dar ejemplo de luz de la buena palabra, cuando sin peligro puede con la palabra y obra, ser ejemplo para aquellos con quienes va a encontrarse.

La luz de la fe

Exhortamos a ustedes para que sobre todo recuerden sobre la fe de los Padres y no se dejen engañar por aquellos que se esfuerzan por llevarlos a la soledad. Además, pues, saben que, el que en sí mismo no tiene vida de la luz de fe en Dios, no da utilidad ni verdadera confesión de la fe; sin vida ejemplar no puede recomendarnos al Señor.

Para ustedes, es necesario pues, unir las dos cosas para que el hombre, entregado a Dios, sea perfecto y la vida no tambalee por la falta de una de las dos. Porque la fe que nos salva - como dice el Apóstol - es aquella que obra mediante el amor. Nosotros creemos en un sólo Espíritu Santo. Consolador, del cual nosotros hemos recibido su sello en el día del Bautismo (Ef. 4:30); en el Espíritu de verdad, en el Espíritu de hijos, con el cual llamamos: "¡Abba Padre!" en el Espíritu Santo, que reparte a cada uno para utilidad, como quiere, y obra los dones de Dios en el espíritu; en el Espíritu Santo, que enseña y recuerda todo lo que oyó del Hijo; en el Espíritu Bueno que orienta a todos a la verdad, que confirma a todos los fieles en el seguro conocimiento; en la verdadera confesión, en el servicio divino, y en espíritu adoramos a Dios. El Espíritu Santo que enseña a inclinarse ante el verdadero Dios, Padre y a su único Hijo-Señor y Dios, nuestro Jesucristo y a sí mismo.

La Paz Espiritual

La unión con Dios no se identifica con las uniones corporales, sino que las perfecciona con el fiel cumplimiento de la voluntad de Dios.

Quien acepta sacrificios por el premio de Dios, no tiene que buscar aquí consuelo sino prepararse par la recompensa del Reino de Dios. Pues tenga presente que por los sacrificios recibirá la paga y por el trabajo el premio del Dios que ama al hombre. Pienso que el intrépido luchador, que una vez que salió al campo de batalla de la santidad, tendrá que soportar virilmente los golpes del enemigo con la esperanza en la gloria de la corona. Porque: "La paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida esperanza. Una esperanza que no defrauda porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones" (Rom. 5:4-5). Porque en otro lugar el mismo Apóstol dice: "Vivan alegres por la esperanza, sean pacientes en el sufrimiento y perseverantes en la oración" (Rom. 12:12). Nos recuerda el Apóstol que nosotros seamos pacientes en las tribulaciones y alegres en esperanza. Porque la esperanza origina lo que en las almas piadosas siempre causa la alegría.

En una palabra, el alma, una vez que derrotó la melancolía, por su Creador; que se acostumbró a complacerse con la belleza, entonces ella por esta felicidad y encanto no cambiará con sentimientos visibles. Al contrario, lo que en otros es tristeza, en ella aumentará la felicidad.

La seguridad del premio eterno

Quien es generoso en el amor a Dios y espera firme el premio eterno, aquel no se conforma con aquel que hace, sino siempre busca y aspira a aumentar algo más. Aunque le parezca que ya trabajó por encima de sus fuerzas, nunca está seguro que cumplió con todas las obligaciones. El escucha las exhortaciones de Cristo: "El reino de Dios no vendrá con advertencia; Ni dirán: Helo aquí, ó helo allí: porque he aquí el reino de Dios entre vosotros está" (Lc. 17:21). También el gran Apóstol enseña: "En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo" (Gá. 6:14).

Porque toda la vida presente es vida de tribulaciones y luchas, en cambio la futura vida, de coronas y premios. Escribe el gran Apóstol, entonces, cuando tenía que terminar la vida terrenal y pasar a la otra: "Sólo me queda recibir la corona de la salvación, que aquel día me dará el Señor, Juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que la esperan con amor su venida gloriosa" (2 Tm. 4:8).

Después de la muerte pasará a la vida eterna; de la humillación de la gente, a la gloria de Dios; de los dolores de este mundo, de los castigos, a la eterna felicidad con los ángeles en el Cielo. Para aquellos que observan los mandamientos, grande paga, premio inmenso, corona de justicia, corona de felicidad, sin término, alegría inenarrable, continua permanencia con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, verdadero Dios; en la contemplación a Dios, cara a cara; alegría con los ángeles, con los Padres, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores y con aquellos que por siempre satisficieron a Dios. Busquemos que nosotros podamos con ellos llegar allá, por gracia del Señor nuestro, Jesucristo, con el cual están la gloria y la fuerza por los siglos de los siglos. Amén.

 

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Libros consultados

    • Cartas elegidas de san Basilio el Grande, (traducción S. Fedyniak). New York 1964.
    • J. P. Migne, Patrologieae cursus completus, series graeca (PG). Paris 1857-1866. San Basilius, tomus 29-32.
    • Obras ascéticas de San Basilio (traducción por A. Sheptyckyj). Lviv 1929.
    • J. Quasten, Patrología 2 (B.A.C. n. 217). Madrid 1977, Págs. 224-260.

 

Reimpreso por lo publicado por la Editorial Lumen

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